lunes, 28 de septiembre de 2009

LOS PREMIOS


LOS PREMIOS

Iván ingresó a su aula de clases y la encontró completamente vacía; pero al mirar al fondo del aula vio a un compañero y le dijo:
  • ¿Por qué recoges eso? –preguntó cuando reconoció a Daniel que estaba inclinado sobre el piso, recogiendo unos papeles. – ¡esos papeles los debe recoger la señora de la limpieza..., para eso le pagan!
  • Pero la señora ya limpió nuestro salón –contestó, Daniel- lo que pasa es que unos niños del otro salón estuvieron aquí, jugando y dejaron tirado estos papeles.
  • ¡Pero de todas maneras eso le corresponde a la señora de la limpieza! ¿A ti te van a dar algo por hacer eso? ¡Qué zonzo eres!
  • si yo no lo hago, nuestro salón se va a ver sucio –contestó Daniel.
  • ¡Si no te dan nada no hagas nada! –concluyó Iván.
    .........
                                • ..........

  • Mi mamá dice que Dios premia a las personas que hacen las cosas que Jesús nos enseñó –contestó Daniel.
  • ¿Cuál es el premio? ¿Ir al cielo? ¿Qué ves en el cielo? –contestó irónicamente Iván, a la vez que miraba hacia arriba.
  • Yo tampoco veo nada en el cielo...; pero me gustaría ver y si cumplo con lo que le gusta a Dios y a Jesús, tendré la suerte de ir para allá –concluyó Daniel.

Iván quedó en silencio sonriendo levemente sobre lo que había dicho Daniel. No podía creer aquello. Sonreía mientras crujían sus papitas fritas con cada mordida que daba. "Eso no existe", "El Buen Samaritano es un cuento nomás", se repetía para sí.
Cuando llegó la hora de salida y al escuchar el timbre, todos guardaron sus cosas y salieron raudamente a sus casas. "Chau, Daniel. Nos vemos en el cielo", le gritó irónicamente Iván, mientras le hacia adiós con la mano en alto. Iván se retiraba bastante sonriente; pero iba pensando en lo que le había dicho Daniel. Con las manos dentro de los bolsillos del pantalón, caminaba meneando su cabeza sin dejar de sonreír. "¡El cielo..., ja, ja, ja...!". Se detuvo en la esquina y cruzó la pista de doble vía junto con otros niños: pero no dejaba de sonreír ni de menear la cabeza, ni de pensar... "¡El cielo..., ja, ja, ja...!". Seguía cruzando la pista despreocupadamente y sonriendo hasta que escuchó a lo lejos: "¡Cuidado..., cuidado...!". Cuando volteó a mirar ya era muy tarde, sintió un fuerte golpe en la cabeza y cayó de espaldas sobre el pavimento, con la mirada hacia el cielo. El auto lo había encontrado desprevenido y por más que el conductor frenó y giró el timón, no pudo evitar lanzar por los aires a Iván. Mucha gente lo rodeó y miraban horrorizados aquel accidente. El auto impactó contra un poste; pero el conductor no sufrió mayor daño porque llevaba puesto el cinturón de seguridad. Llamaron a la profesora, quien llegó casi al mismo tiempo que el policía de tránsito y lo único que llegaron a escuchar débilmente, de los labios de Iván, mientras levantaba una de sus manos, fue: "¡El cielo..., el cielo...!".
...Los dos amigos siguieron disfrutando de sus refrigerios y conversando amenamente sobre sus deseos de querer conocer el Cielo, cumpliendo con lo que Jesús nos enseñó. Y hablaron de Jesús, de cómo sería y de cuánto nos debe amar para querer sólo el bien para todos nosotros. Y hablaron del Buen Samaritano y de las demás historias de Jesús que recordaban. "¡Quiero conocer el Cielo...!", decían. "¡Quiero conocer el Cielo...!".

Fin.
Autor: Vladimir Victor Uribe Ramos.





25 de abril del 2003.