...Mientras los hechos iban destrozando todas mis conjeturas lógicas y mis razonamientos, el chocho se volvió a remecer y, nuevamente escuché el ruido, como grandes gotas de lluvia, de los dátiles que caían. Observé nuevamente el camino y… ¡No había ningún dátil! A unos metros más adentro, en los huertos frutales que se encontraban al lado derecho del camino hacia Los Romanes, se oyó el remecer de un árbol y, casi de inmediato, se oyó unos ruidos como que caían mangos o paltas sobre el suelo cubierto por hojarascas.
Yo conocía todos los huertos y cada árbol frutal que se encontraban en ellos. Me los había recorrido cientos de veces solo y en grupo para cortar cualquier fruta disponible o para cazar las conocidas mucas. Esos huertos tranquilamente los transitaba “con los ojos cerrados” sin perderme. De inmediato deduje que el árbol que se había remecido era el palto del huerto que se encontraba al lado del chocho. Creí que era el hijo del dueño que estaba cortando paltas y lo llamé por su nombre una, dos, tres veces; pero no escuché respuesta alguna, el silencio fue total, el viento dejó de mecer las ramas de los árboles y cesó el chirriar muy común de los grillos en la noche. El silencio era absoluto, pesado y extraño…, muy extraño. Pensé que se trataba de algún ladronzuelo que estaba robando las paltas de aquel huerto y me sentí con la obligación moral de evitar dicho acto. Era el huerto de mi amigo y yo estaba seguro que él hubiera hecho lo mismo si encontraba a algún ladronzuelo en los huertos de mis abuelos. Crucé cuidadosamente la cerca de alambres de púas, que rodeaban aquel huerto, e ingresé lentamente evitando hacer el menor ruido posible. ¡Trass…, trass! Las hojas secas regadas por todo el suelo en forma de alfombra, crujían ante cada paso que daba internándome entre los enormes y atemorizantes árboles que parecían gigantes con varios brazos que se mecían. Me internaba lentamente y me detuve bajo aquel enorme árbol. Sólo vi enmarañadas ramas y retorcidos troncos. ¡El palto no tenía ni una sola hoja en sus ramas y no había nadie sobre él! Me quedé petrificado por unos segundos y se me erizó la piel, por más que me esforcé no podía mover ninguna parte de mi cuerpo, ni siquiera unos milímetro. Mi mente ordenaba desesperadamente que saliera cuanto antes de aquel lugar, pero imposible, mi cuerpo no obedecía a mi mente. Cuando mi cuerpo pudo reaccionar, retrocedí paso a paso, lentamente, sin dar la espalda a aquel espeluznante palto. Contuve mi respiración y fui saliendo sigilosamente de aquel huerto. Cuando llegué hasta el arenoso camino bajo el chocho, conté lentamente hasta tres y corrí velozmente sin mirar atrás, viendo como los objetos a ambos lados de mí, se desvanecían ante la velocidad que alcancé. Mis pies parecían no tocar el suelo, iba casi volando y no me detuve hasta llegar al Ring de Los Romanes...
Yo conocía todos los huertos y cada árbol frutal que se encontraban en ellos. Me los había recorrido cientos de veces solo y en grupo para cortar cualquier fruta disponible o para cazar las conocidas mucas. Esos huertos tranquilamente los transitaba “con los ojos cerrados” sin perderme. De inmediato deduje que el árbol que se había remecido era el palto del huerto que se encontraba al lado del chocho. Creí que era el hijo del dueño que estaba cortando paltas y lo llamé por su nombre una, dos, tres veces; pero no escuché respuesta alguna, el silencio fue total, el viento dejó de mecer las ramas de los árboles y cesó el chirriar muy común de los grillos en la noche. El silencio era absoluto, pesado y extraño…, muy extraño. Pensé que se trataba de algún ladronzuelo que estaba robando las paltas de aquel huerto y me sentí con la obligación moral de evitar dicho acto. Era el huerto de mi amigo y yo estaba seguro que él hubiera hecho lo mismo si encontraba a algún ladronzuelo en los huertos de mis abuelos. Crucé cuidadosamente la cerca de alambres de púas, que rodeaban aquel huerto, e ingresé lentamente evitando hacer el menor ruido posible. ¡Trass…, trass! Las hojas secas regadas por todo el suelo en forma de alfombra, crujían ante cada paso que daba internándome entre los enormes y atemorizantes árboles que parecían gigantes con varios brazos que se mecían. Me internaba lentamente y me detuve bajo aquel enorme árbol. Sólo vi enmarañadas ramas y retorcidos troncos. ¡El palto no tenía ni una sola hoja en sus ramas y no había nadie sobre él! Me quedé petrificado por unos segundos y se me erizó la piel, por más que me esforcé no podía mover ninguna parte de mi cuerpo, ni siquiera unos milímetro. Mi mente ordenaba desesperadamente que saliera cuanto antes de aquel lugar, pero imposible, mi cuerpo no obedecía a mi mente. Cuando mi cuerpo pudo reaccionar, retrocedí paso a paso, lentamente, sin dar la espalda a aquel espeluznante palto. Contuve mi respiración y fui saliendo sigilosamente de aquel huerto. Cuando llegué hasta el arenoso camino bajo el chocho, conté lentamente hasta tres y corrí velozmente sin mirar atrás, viendo como los objetos a ambos lados de mí, se desvanecían ante la velocidad que alcancé. Mis pies parecían no tocar el suelo, iba casi volando y no me detuve hasta llegar al Ring de Los Romanes...
Autor:
Vladimir Victor Uribe Ramos.
