lunes, 10 de agosto de 2009

SOBRE BRUJAS Y OTRAS HISTORIAS ESPELUZNANTES
...El camino entre El Carmen y El Olivo estaba completamente a oscuras. Caminé lentamente hasta la salida de aquel barrio y me enfrenté a la oscuridad de la noche. Los grandes árboles de sauce y espinos se mecían con la fuerza del viento nocturno. Ya se me había hecho costumbre oír el graznar de un ave nocturna que brincaba de un árbol a otro siguiendo el ritmo de mis pasos hasta la entrada de El Carmen, justo hasta la cruz de madera. En El Carmen hay dos cruces de madera, uno en la entrada y otro en la salida. “¡Tal vez sea una de las tantas brujas que existen en El Carmen y que me sigue para cuidarme!”, pensaba mientras caminaba lentamente por aquel camino oscuro....
Me subí a aquel borde, para evitar pasar por una parte del camino que se encontraba muy oscuro porque a ambos lados crecían unos grandes árboles de sauce que hacían muy tenebroso aquella parte del camino. El cielo nocturno se despejó un poco y dejó que la plateada Luna inundara aquellos parajes con su suave luz. Ahora podía ver las cosas con mayor nitidez. Caminé lentamente sobre aquel borde viendo, desde arriba, el camino que se tornaba tenebroso y permanecía oscuro y tétrico porque los grandes árboles impedían que la suave luz de la Luna lo iluminara. Al costado del borde, había un algodonal y al fondo se divisaban unos hornos que parecían grandes casas con muros de adobes recubiertos con una mezcla de barro y arena, y el techo a dos aguas. Recordaba que estos hornos servían para secar hojas de tabaco. Ya no se veía tan oscuro en comparación con el camino. Todo estaba tranquilo, en calma, una vez más pensé que aquella historia de que asustaban en ese camino, no era mas para asustar a aquellos tontos que creían en eso. Continué avanzando tranquilamente mientras sonreía al ver que no pasaba nada; es más, creí que la bruja que me seguía cada noche, me estaba cuidando porque estaba enamorada de mí. ¿Por qué no? Ellas también son mujeres y tal vez, se habría enamorado de mí y una manera de demostrarlo era cuidándome. “¡Qué pensamientos tan ufanos se me ocurrían!”. Sonreí por aquellas cosas.

...De pronto, el ruido lo sentí lejos de los hornos, luego por un lado y luego por otro lado. El ruido se escuchaba por varias partes del extenso algodonal y poco a poco se fue acercando. Era un sonido de madera, un golpe de madera. Caminé muy lentamente y el ruido lo sentí a unos metros delante de mí, dentro de la primera línea del algodonal. Ya no se movió, el ruido quedó quieto a unos cinco metros delante de mí y en la primera línea del algodonal, junto al borde por donde yo avanzaba. El sonido lo sentí más claro, más nítido, mientras me iba acercando. Mi corazón comenzó a golpear fuertemente dentro de mi pecho, que mi latir se confundía con el ruido hueco de madera que se escuchaba desde aquella primera línea del algodonal. Me aproximé muy lentamente flexionando las piernas, inclinándome, para ver entre las ramas de los algodones que me llegaban hasta la cintura. El viento dejó de batir las ramas de los árboles y todo quedó en silencio, un “pesado” silencio que envolvía todo con un aspecto fantasmal. Reinaba un absoluto silencio que sólo era roto por aquel sonido hueco de madera que retumbaba en el algodonal. Claramente podía ver el lugar de donde provenía el golpe hueco de madera y me fui a cercando lentamente, muy lentamente. Cuando estuve frente al lugar de donde provenía el ruido, flexioné aún más las rodillas, aproximé mi rostro todo lo que pude, casi a un metro de aquel lugar de donde procedía el ruido. “¡Tumb…, tumb…, tumb…!”. Escudriñé entre las ramas, agudicé mi vista para poder apreciar con claridad qué era lo que producía aquel ruido. Era inconfundible, era un golpe hueco de madera y pude ver el lugar exacto, el punto exacto de donde provenían aquellos golpes y… ¡No había nada en aquel lugar! Sólo unas ralas ramas de algodones. “¿Qué suena?”, me pregunté intrigado, “¿Qué suena?”. De pronto mi mente interpretó aquel sonido y dibujó una visión macabra y espeluznante. Se dibujó en mi mente una persona enterrada viva dentro de un ataúd, que golpeaba desesperadamente la tapa de dicha caja fúnebre, intentando llamar la atención de alguien para que lo libere de aquella prisión. Me quedé unos segundos observando aquella visión de ultratumba y, cuando reaccioné y quise saltar hacia el camino para huir corriendo de aquel lugar espeluznante, sólo pude mover con gran dificultad mi cabeza para mirar el camino. Quería saltar y correr, pero mi cuerpo estaba más rígido que una piedra. Seguí en la misma posición con las manos sobre mis rodillas y sin poder moverme ni siquiera un milímetro, aunque me esforzaba arduamente por moverme. Más me esforzaba, menos podía moverme, y sobre mi frente comenzaron a rodar algunas gotas de sudor. Sencillamente el pavor no me permitía moverme y cuando al fin pude hacerlo, brinqué hacia el camino y corrí velozmente. Fue lo último que me sucedió, aunque no lo crean...

¿Crees en brujas y espantos? Yo tampoco, pero la única forma de comprobar mi relato, la única forma de saber si estas historias son ciertas, es recorriendo los lugares como “La casa de Márquez”, “El chocho de Los Romanes”, “El camino entre El Carmen y El Olivo”, sobre todo…, en las noches cuando reinan las tinieblas.
¿Crees en brujas y espantos? Yo tampoco, pero…, como dicen por ahí: “¡De que las hay…, las hay!”.

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